Ulises y las sirenas
Homero narró con maestría las aventuras que Ulises vivió después de Troya. Una de las famosas pruebas fue la de la Isla de las Sirenas. Los navegantes que pasaban por allí eran seducidos con la belleza de un canto venenoso, que los dejaba en un estado maravilloso e irreal, una especie de limbo, impidiéndoles continuar con su viaje. Nuestro héroe, atado al mástil de su barcaza, las venció. O creyó haberlas vencido.
Kafka sostiene que en realidad las sirenas nunca cantaron, que el aqueo cayó en un ardid más ingenioso que el suyo. Ulises salió de la isla fortalecido en su amor propio que es, lo que los cantos lisonjeros producen a los que pasan por allí. Lo que, en definitiva, le impide al hombre llegar a su Destino.
Pese a los años, la vejez y el dolor del viaje, el aventurero arribó a Itaca, habiendo padecido esta ineludible prueba interna que no todos logran sortear. Pero, ¿cómo habrá operado esta transformación interna de la que Homero no da cuenta? ¿Quién habrá sido ese anciano que rescató a Penélope de los malvados pretendientes, que se hacía llamar Ulises, y creía haber salido indemne de las Sirenas?
Pablo Muñoz
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