Cuenta Nueva
“¿Entonces, cuanto? ¿Un día? ¿Una semana? ¿Un mes? ¿Un año?”
El extraño preguntaba ansioso mientras caminaba al lado de Juan. Cuando se presentó, se describió a si mismo como un “dios”, “abstracto”, “genio” o algo así. Juan no recordaba bien el término que usó. Ni le importaba mucho. A el le parecía mas bien que era el diablo. Era la clásica situación y comportamiento para Satanás: Aparecer en el momento justo, con una oferta demasiado tentadora. Tampoco le importó que fuera el ángel caído el que caminaba a su lado. No estaba de humor para esos detalles.
No es que haya estado pasando por un momento bastante duro. La verdad, las cosas iban muy bien últimamente. Un balance más que positivo con respecto a otras épocas. Pero ese día estaba cansado, después de algunos golpes bajos, así que desalentarse fue tan fácil como revisar los bolsillos y encontrarlos vacíos.
Y entonces apareció.
De la nada, de pronto estuvo a su lado. Sin presentarse, comenzó a hablarle mientras Juan escuchaba una descripción bastante deprimente de su situación. Le explico sin muchas vueltas que le podía ofrecer resolver sus problemas en un abrir y cerrar de ojos. Bah, en realidad no los resolvía: le ofrecía deshacer lo hecho, con una nueva oportunidad, de corregir o esquivar errores. Si Juan se lo permitía, podía volver el tiempo atrás, hasta donde quisiera. Una nueva oportunidad de hacer las cosas.
Obviamente Juan no le creyó. Desde que empezó a hablarle, lo único que estaba dispuesto a creerle era que iba a pedirle limosna, o comprar porro. La criatura (porque llamarlo algo que se entienda como humano sería bastante errado) sonrió, como esperando esa incredulidad, y miró lo que Juan llevaba en sus manos. Entonces levantó la vista directo a sus ojos, sin borrar la sonrisa de quien estuvo esperando la oportunidad de hacer lo único que saber hacer bien, y todo se puso mal…
Cuando la criatura se le acercó a hablarle, Juan estaba bajando del anden de la estación, no mucho después de las seis de la tarde. Iba al videoclub con la película que tendría que haber devuelto hace dos días. Pero de repente era de noche. El sol ya no estaba, y la luna brillaba en el cielo oscuro. Sentía un extraño mareo, la vista algo nublada, y el aire le parecía viciado. Era una sensación parecida a estar encerrado en un cuarto con la calefacción encendida. Sumado a un molesto zumbido en los oídos. A pesar de eso, podía distinguir el videoclub justo delante suyo. La criatura paso rápido junto a Juan, sacándole la película de la mano, y poniéndola en el buzón de devoluciones con un gesto burlón. “Listo, justo a tiempo”.
Y entonces, de vuelta de día. Juan se sintió aliviado, como si por fin lo dejaran respirar el aire ahora puro, o tan puro como se puede respirar en esta ciudad. Y aunque sentía que había sido un sueño, sabía que esa noche de unos minutos había sido real. La ausencia de la película atrasada podía considerarse prueba de eso. Y también cuando revisó el teléfono, y vio que entre las llamadas recibidas ya no estaba la que le había recordado el retraso en devolverla. Y la criatura estaba frente a él, a la misma distancia que había quedado cuando se adelantó a poner la película en el buzón.
Le explicó que la película ahora estaba devuelta desde anteanoche. Que ya podía creerle. Que podía borrar tanto de su vida reciente como quisiera. Podía devolverlo un día atrás, borrando las consecuencias y abriendo la puerta a tomar otros caminos. No cometer algún error, evitar algún problema, o revivir un momento placentero destinado a suceder. Podía hacer lo mismo borrando el último mes, incluso el ultimo año. O más. Tanto tiempo como quisiera podía deshacerse, y ponerlo por delante.
“¿Entonces, cuanto? ¿Un día? ¿Una semana? ¿Un mes? ¿Un año?” Y le tiró una mirada penetrante, que sugería el “¿O más?”
Y Juan empezó a pensar. Podía deshacer ese ultimo día, y evitar esa discusión con su chica que tanto le estaba molestando. O volver al último domingo a la mañana, cuando se despidieron luego de pasar la noche. Era desde entonces que se sentía inquieto, extrañándola, luego algunas discusiones con un amigo, noches sin poder descansar bien... y luego alguna palabra de más, o elección molesta que llevo a la ultima discusión. Podía deshacer el último mes, que había comenzado muy bien, y revivirlo mientras esperaba no repetir sus errores. O tomar un camino completamente distinto, y evitarse tanto la felicidad como la inevitable tristeza que llega de vez en cuando. Para eso, podía evitar todo ese año, un buen año debido a su esfuerzo, que podría vivir sin esas satisfacciones, pero, claro, de forma más despreocupada y cómoda.
El año anterior no había valido la pena… Nuevos amigos que duraron poco, y no mucho más… Bien podía borrarlo también. Del otro año apenas recordaba algo, así que, podía aprovechar y agregarlo al “paquete”.
Y llegó a recordar el año anterior a ese. Ese año había muerto su madre. Sufrió mucho después de eso, y se asustó ahora al ilusionarse con anticiparse a ese evento. ¿Podía evitarlo? Quien sabe… al menos pensó que si retrocedía lo suficiente podría disfrutar cada momento con ella. Entonces la idea cambió a volver atrás todo lo posible, lo cual fue fácil. Cada vez que retrocedía mentalmente, se encontraba con algún acontecimiento que le provocaba sufrimiento: accidentes, peleas, mascotas muertas, una mujer que lo había lastimado, otra a la que nunca le dijo que la quería.
Mientras Juan recordaba, la criatura a su lado lo observaba, y de alguna manera, sabía y era testigo de los recuerdos que pasaban por su mente. Y de alguna manera también, Juan lo sabía. Cada puñado de recuerdos que Juan revisaba retrocediendo, sabía que lo compartía con la criatura, como mostrándole en que lugar en un mapa o libro estaba señalando.
Con el repaso de sufrimiento y decepciones, de pronto Juan se dio cuenta de cual era el momento indicado, y la criatura sonrió satisfecha con la elección. Pasaron unos largos segundos, en los que intercambiaron las miradas que sellaron el acuerdo, y luego Juan se encontró en el momento en el que tomó la decisión que habría cambiado todo.
Juan ahora tenía 17 años, y estaba sentado en el andén de la estación de tren de la que bajaba (o iba a bajar dentro de 15 años, mejor dicho) cuando se encontró con la criatura. Ahora estaba solo, como había sido originalmente, de noche, sentado en un banco. Todo era igual a entonces: su ropa y pelo, viejos negocios desaparecidos, la música en la radio. Hasta sentía el leve dolor en el tobillo izquierdo que le quedó de esa lesión el verano anterior.
Juan estaba solo a la noche en el andén, a los 17 años, y ahora podía evitar todo el sufrimiento y dolor que le esperaba, con solo tomar la decisión que no había tomado entonces. Cuando las luces del tren se acercaron a la estación, Juan se arrojó a las vías.
Claudio Zamorano
miércoles, 24 de febrero de 2010
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