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Encontrarás entrevistas, artículos de opinión, cuentos, poemas y recomendaciones de libros y películas que escribimos en nuestro taller. Es nuestro deseo que en estás páginas pueda haber para vos una influencia positiva y que algo de lo que leas aquí alcance a iluminarte para que te des cuenta de que los sueños pueden hacerse realidad.

lunes, 26 de octubre de 2009

ensayo de Martín Godino

ELEGIR LA LIBERTAD
Ensayo de un ensayo



La Libertad es uno de mis fantasmas favoritos, junto con la Verdad, el Amor, la Belleza, la Vida y la Paz. Me regocijo en ellos. Y sufro en ellos. Porque esa es la doble realidad, y la única. Mi fantasía me lo muestra, me los muestro yo mismo por medio de mi fantasía creadora. Creo como si fuese Dios. Esa es mi mayor libertad: crear. Que es lo mismo que ser.

El trabajo de ser libre parece ser requerido todos los días. Goethe dijo o escribió en alguna parte que sólo es libre quien debe conquistar su libertad cada día. Aparentemente, la primer cosa que debe elegir un ser humano para ser libre es justamente la libertad. Es como el “creo para entender” de San Agustín. Elijo la libertad para ser libre.


Me angustia saber que no soy todo en todo y que el Amor no es mi totalidad, sino que me angustio. Me angustio, como diría Sartre, porque soy libre y responsable, respondo por mis actos y no puedo evitarlo, ni quiero. Me angustia sentir que me falta algo y no saber qué es. Me angustia sentirme atado a esta angustia. Me angustia mi pecho anhelante quedándose sin aire, mirando hacia el cielo y clamando una aparición, una señal, un suspiro, un entendimiento. Lo que me angustia es no ser feliz. Me angustia angustiarme. Pero lo elijo. Elijo sufrir porque elijo la vida. Elijo sufrir en mi felicidad.
“Horror a la responsabilidad”, como definió la esencia humana Miguel de Unamuno, así vivo, con este horror a flor de piel, queriendo desligarme de todo pero profundamente atado a todo.

Sólo yo sé que soy libre. Y nunca lo sabrá nadie más, ni siquiera Dios, aunque lo vea. No tengo Dios. No tengo Paraíso. No tengo nada. Y sólo puedo aferrarme a esa nada que me falta, a ese vacío que me libera de todo. Soy la libertad encarnada, y por eso no soy libre, por culpa y como favor de esta carne y esta sangre y estos huesos, que me otorgan la libertad de vivir en un mundo material. Y este es el encierro, el límite de toda acción encarnada. Me desencarno y vuelo. Creo fantasías más allá de esta carne – metacarnales –, y me libero de la prisión mientras soy prisionero.

En La agonía del cristianismo, Unamuno llamó Metagónico a todo aquello que está más allá de la agonía y del sueño. Más allá de la agonía, en ese lugar está mi anhelo, a este lugar aspiro diariamente. Aunque no viva en ese mundo, ese mundo es mi descanso. Sin él, yo estaría perdido y sin esperanzas, sino son lo mismo estas dos cosas, la desesperanza y la perdición. Grito con Unamuno: ¡Cristo!, ¡Cristo!, ¡por qué nos has abandonado! Y así me alivio en mi lamento. Porque hay que saber llorar. Cuando veo el mundo y siento las almas y todo este dolor, y pienso en Cristo, y pienso en mí, y en mi vida acá en este planeta Tierra, y todos los nudos de mi alma se me aprietan insaciablemente, pidiendo redención, catarsis, aire, alivio, paz, ¡guerra!, ¡tormenta!, y ya no sé qué hacer, y entonces las lágrimas me consuelan, y lloro como un niño. Y mi llanto no resuelve nada, sigo siendo libre y sigo siendo esclavo.


“Sin ley no hay libertad”, dice Albert Camus. Pero ¿cómo una ley va a ser mi libertad? Si soy libre, no respeto ninguna ley y sólo así hago efectiva mi libertad. Si me someto a una ley, no hago caso de mi libertad a menos que pueda librarme de esa ley cuando yo quiera. Por eso, más adelante, Camus afirma que “la ley en su esencia está destinada a ser violada”. Por supuesto, toda ley es una idea fijada y disminuye mi libertad en tanto que no puedo deshacerme de ella o, si se da el caso, volver a elegirla. Si la libertad de ayer me convierte en un esclavo hoy, entonces ya no es libertad.

¿Qué remedio hay para esto? El desacatado Max Stirner, profesor alemán del siglo XIX, nos da una propuesta en su magnífica obra El Único y su propiedad. Escribe que el remedio es uno solo: “(…) no reconocer ningún deber, es decir, no ligarme y no mirarme como ligado. Si no tengo deber, no conozco tampoco ley”. Pero esto nos conduce a una sociedad imposible. Dice Stirner, “El Estado y Yo somos enemigos”. Y sigue más adelante: “La libertad del pueblo no es mi libertad”. El egoísta, como se llama a sí mismo Stirner, tiene derecho a todo aquello sobre lo que tiene poder. “Tengo el derecho de derribar a Jesús, Jehová, Dios, etc., si puedo; si no puedo esos dioses quedarán de pie ante mí con su derecho y su poder (…)”, así ejemplifica su postura Stirner. Si uno tiene la fuerza para ser algo, tiene también el derecho de serlo. El egoísta decide cuál es su derecho. Puede comportarse mal ante la sociedad y la sociedad puede, con su propio derecho, ponerlo en el calabozo, o sentenciarlo como corresponda según la Justicia. El egoísta es libre aún permaneciendo en el seno de la sociedad. Pues, suponiendo que nada le impide marcharse, él mismo elije vivir allí.


Elegir es ser. Ser es crear, crearse. Crearnos nos hace libres, decidir qué, por qué, para qué, cómo. Crearnos es crear todo esto a partir de una nada misteriosa que engendra cosas y que se la conoce como yo. Esta es la nada de la que surge todo.




Una existencia entera



Quisiera tener una existencia entera, un todo-vida-absoluto. Pero ves que soy una parte de esta vida y no la vivo toda como yo quisiera. Tal vez vivirla toda sea imposible. Tal vez ser un humano sea una pasión inútil, como dijo Sartre, pero yo no puedo rendirme ante esta pasión. Tal vez soy demasiado poco vivo como para vivir completamente. Tal vez de la existencia sólo puedo tomar partes y no soy capaz de abarcarlo todo con una omnisciencia todopoderosa, tododulzuroza, y tal vez yo deba aceptar la imposibilidad de serlo todo absolutamente. Tal vez yo puedo ser algo determinado absolutamente, una pequeña molécula que específicamente se mueve hacia una superficie especialmente codificada como una misión imposible sólo realizable por una única molécula en la totalidad de todos los universos posibles e imposibles.

Tal vez esta vida es algo que no comprendo, pero acaso pueda comprender algún día remoto en que la existencia se deje de pasar desapercibida por los ojos de todo el mundo. Tal vez yo no sea un espectador deslumbrado por el día, tal vez sólo sea un átomo que tiene frío.

Tal vez deba emprender la labor de escribir mil palabras hasta el fin de la eternidad, como si fuera a ser eso lo que yo vaya a querer hacer para siempre. Tal vez sea mi imaginación la que construya un puente entre la materia y el espíritu. Tal vez haya que construir el puente con dolor. Tal vez la risa me devuelva lo que no sé a dónde está ni sé si ha de volver o si alguna vez realmente se me fue lo que perdí o si no es que lo tengo acá y no lo veo porque el universo es algo caprichoso y sin sentido. Tal vez yo tenga un sentido en la vida, tal vez la existencia total sea una aspiración imposible de matar y acaso yo vaya a apoderarme del dolor de todos los seres, para liberarlos. Porque de qué otra cosa querrán librarse los seres si no es del dolor. Tal vez haya libertad en alguna parte. Tal vez yo no sea el que ha de descubrir su escondite o por ahí yo no estoy iluminado con los ojos del día como para librarme de la vida atada a la muerte. Tal vez yo no sea una luz de la galaxia, tal vez sólo sea una oscuridad que quiere verse y se esconde, tal vez sea que la oscuridad se desnuda y no se ve.

Tal vez todo esto no sirva para liberar al mundo, y ni siquiera a mí mismo. Tal vez esto esté todo mal. Pero qué se puede hacer si uno camina y debe caminar. Tal vez no se puede vivir una vida total, y el cielo sea su propia imagen, nunca vista, nunca terrena, siempre arriba, siempre imposible pero empecinadamente arrancada de lo imposible. Tal vez no seríamos humanos si no quisiéramos algo inalcanzable. Tal vez nuestra naturaleza esté atada a las estrellas, como quien vino a ver si había alguien, vio luz y entró en la existencia. Tal vez estamos tan emparentados con lo que no se ve que las cosas que se ven nos parecen falsas. Tal vez realmente somos seres que ni Dios entiende, ni todos los dioses y los motivos de la existencia pueden ni quieren conocer jamás. Tal vez haya más de una vida en esta vida, tal vez tengan razón, tal vez sea suficiente. Pero por qué nos aceleramos en busca de lo que no tiene materia, por qué vamos hacia la inexistencia, o hacia la invisibilidad, como si allí se escondiera el secreto de todo este dolor. Por qué vamos constantemente hacia las paredes del infinito y no nos alcanzan las estrellas para meditar. Tal vez no haya más vida del otro lado, tal vez sea el fin y yo con toda esta ilusión nunca descubra nada cierto más que mis propios deseos. Tal vez yo esté muy triste de encontrar la puerta que no abre, y tal vez me importe nada esa puerta si es que acaso yo viví una vida completa entre el cielo y la tierra. Tal vez la complexión total de toda la vida entera esté más cerca de mí que yo de ella. Tal vez sea la absoluta existencia la que tenga que alcanzarme a mí y yo solamente tengo que vivir la pequeña vida de todo el universo, en este pequeño cuerpo, en esta alma creciente, en este minuto que es mi vida y hasta el fin total y absoluto de todo-entero-para-siempre.

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